Francisco Collazos
Jefe del área de Salud Mental de Adultos de Fundació Hospitalàries Barcelona, psiquiatra adjunto del servicio de psiquiatría Hospital Universitario Vall d'Hebron y profesor asociado del departamento de Psiquiatría y Medicina legal de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Desde que se publicó la primera edición del DSM en 1952, hasta la más reciente DSM-5 de 2013, todas sus versiones han estado sometidas a la crítica. No han sido pocas las voces que se han alzado contra un manual diagnóstico que algunos han llegado a catalogar como ‘la biblia de la psiquiatría’ pero que, pese a su aspiración universal, ha sido acusado de subjetivo o de no ofrecer suficiente validez para deslindar lo normal de lo patológico. Sin embargo, puede decirse que ha sido su versión más reciente, el DSM-5, la que desde su irrupción ha sido más duramente criticada. Desde la propia American Psychiatric Association, voces tan autorizadas como Allen Frances, presidente del grupo de trabajo del DSM-IV, o Thomas Insel, director del National Institute on Mental Health americano, destacaron las debilidades del DSM-5, especialmente por su elevado número de falsos positivos o de casos comórbidos. Esto último es reflejo de la dudosa validez de sus criterios diagnósticos lo que, indudablemente, favorece los intereses del lobby farmacéutico.
Sobre la mencionada polémica, emerge ahora el trabajo coordinado por la doctora María Oquendo, directora del comité estratégico para el futuro DSM, y que pretende darle valor al importante avance que, a lo largo de los 45 años que han pasado desde la publicación del DSM-III, se ha logrado en el conocimiento de los trastornos mentales, del impacto que sobre ellos tienen los factores psicosociales y culturales, de su tratamiento y de su biología.
La reciente publicación en The American Journal of Psychiatry de las propuestas realizadas por los distintos subcomités (Estructura y Dimensiones; Funcionalidad y Calidad de vida; Biomarcadores y Factores biológicos; Determinantes Socioeconómicos, Culturales y Ambientales) da muestras del genuino esfuerzo por superar las citadas debilidades de su versión anterior. Más allá del cambio de nombre que se propone para el manual, que pasa a ser el ‘Manual Diagnóstico y Científico’, parece clara la intención de construir una herramienta que profundiza en la dimensionalidad de las entidades nosológicas, alejándose de su carácter ateórico para apoyarse sin ambages en la reconocida influencia tanto de factores ambientales y culturales, como biológicos y de su interacción mutua.
La propuesta plantea un modelo holístico en el que interactúan los factores contextuales (socioeconómicos, culturales, ambientales, patologías comórbidas, funcionalidad, calidad de vida), los diagnósticos (donde se identifica no solo un diagnóstico principal sindrómico sino, de haberlos, los más específicos, su gravedad y su equivalente en la Clasificación Internacional de Enfermedades [CIE]), los biomarcadores (incluyendo todos los factores relacionados con la biología del cerebro y el cuerpo medidos mediante cualquier modalidad, incluidas la neuroimagen, genética, metabolómica, cognición, fenotipos digitales, etc.) y las características transdiagnósticas (incluso aquellas que pueden no haber sido recogidas en la dimensión diagnóstica, como podría ser la ansiedad, los déficits cognitivos o la apatía).
En definitiva, una propuesta que todavía está en la fase de discusión, pero que apunta a un cambio sustancial que va más allá del cambio de nombre o la inclusión de nuevos diagnósticos, para aspirar a ofrecer un manual más dinámico que no excluye miradas, sino que reconoce la interseccionalidad e interacción de estas, otorgando voz al propio paciente, reforzando el impacto de su contexto al tiempo que facilita una psiquiatría de precisión.