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Cristóbal Morales

Responsable de la Unidad Salud Metabólica, Diabetes y Obesidad Hospital Vithas Sevilla y vocal de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO)

El estudio me gusta, es ingenioso, aunque se trate de un estudio observacional con la consecuente limitación de que no se puede atribuir causalidad, sino asociación. El hecho de elegir dos poblaciones, aquella con toma de medicación GLP-1 y el grupo control, junto con el análisis de los tickets de compra, aproxima una realidad bastante interesante. ¿Hemos encontrado la vacuna para el ultraprocesado? Parece que sí. Ya UNICEF le declaró la guerra al ultraprocesado en el último informe de hace dos meses sobre malnutrición, señalando que la obesidad era la primera causa de malnutrición en el mundo. 

Lo que sí demuestra el estudio no es nada que no sepamos en la vida real. Un paciente con fármacos de este tipo se inclina hacia elecciones más saludables, incluso con una prescripción nutricional sencilla, de manera bastante automatizada. Esto está relacionado con las áreas cerebrales sobre las que actúan estos medicamentos. En animales de experimentación, sabíamos desde hace muchísimo tiempo que las ratas de laboratorio dejaban de ir corriendo hacia la nocilla y la Coca-Cola y se iban hacia el grano. En ensayos clínicos, que es donde podemos establecer la causalidad, también tenemos recogidos patrones de conducta alimentaria y se ha analizado que existe una ingesta menor de ultraprocesados y mayor de productos saludables en pacientes que toman estos medicamentos.  

Lo interesante de este estudio es la aproximación que utilizan para arrojar luz sobre el problema: el análisis de los tickets de la compra. Aquí, lo que más me interesa a mí, es que se hace hincapié en que los pacientes con el fármaco consumen alimentos con menor densidad energética, menos azúcar, menos carbohidratos, menos grasas saturadas, algo más de proteínas y, lo que es muy interesante, disminuye la ingesta de ultraprocesados. No es que coman menos, sino que la calidad de lo que consumen es mejor. Lógicamente, el paciente que se pone en manos de un endocrino quiere cambiar de vida y también recibe consejo nutricional, aunque esto no se ha medido en el estudio. Por tanto, no se puede decir cuánto es atribuible al fármaco y cuánto es debido a la consulta del endocrino o del nutricionista que le ayuda en ese cambio de vida. 

Los fármacos no son la solución final de la obesidad, ni mucho menos: son el inicio de la solución. Esto el paciente lo debe tener muy claro. El fármaco es un facilitador para adoptar hábitos de vida saludable, para los que nuestra biología y nuestra programación genética nos lo ponen muy difícil. Estos fármacos son vacunas frente al ultraprocesado, son facilitadores de un estilo de vida saludable. Recientemente supimos de su efecto rebote con la publicación en el British Medical Journal. Hay que, y este es un mensaje súper importante para la población, que las personas que los utilizan bien —y hay mucha gente que lo hace así— los emplean como una herramienta de salud a largo plazo, siempre implementando hábitos de vida saludables. En este inicio de una nueva vida, el efecto rebote se previene con una muy buena visión de salud a largo plazo, incorporando hábitos. Es importante que no se utilicen estos fármacos alegremente, sino que están para ser utilizados por grupos multidisciplinares especializados, con una visión de salud en el tiempo y un buen uso, que mucha de la población —diría que la mayoría— hace, aunque muchas veces centremos el foco en el mal uso. 

En resumen, el estudio es interesante, creo que inicia muchas conversaciones y también nos recuerda que, al final, somos fruto de nuestra biología. La parte de la neurociencia, la parte cerebral, el cerebro obeso, sigue teniendo muchísima fuerza a la hora de llevarnos a un peso no saludable. 

ES