Emma Motrico
Profesora titular del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla y en el Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBIS)
La reciente revisión de la prevalencia global de la depresión mayor en el periodo perinatal (desde el embarazo hasta el primer año tras el parto) confirma que se trata de un problema frecuente a nivel global. Los resultados muestran no solo que la depresión está presente durante el embarazo, sino que alcanza su punto máximo tras dos semanas tras el parto y se mantiene elevada durante todo el primer año posparto, lo que genera un impacto devastador para la mujer, su bebé y toda la familia.
Este estudio, liderado por la doctora Ferrari en el marco del Estudio de la Carga Global de Morbilidad (GBD, por sus siglas en inglés), destaca por su alta calidad metodológica. Uno de los hallazgos más relevantes es que los cuestionarios de cribado utilizados habitualmente, tanto en investigación como en la práctica clínica (como la EPDS o el PHQ-9), tienden a sobreestimar la prevalencia de la depresión. Este resultado pone de manifiesto dos cuestiones clave: por un lado, la necesidad de contar con instrumentos validados en cada contexto cultural, como es el caso de España; y por otro, la importancia de complementar el cribado con entrevistas diagnósticas estructuradas, que siguen siendo el estándar de referencia para confirmar los casos de depresión mayor.
Aun teniendo en cuenta este ajuste, la prevalencia de la depresión perinatal sigue siendo considerable y superior a la observada en la población general de mujeres. Además, el estudio evidencia diferencias importantes entre regiones del mundo, probablemente relacionadas con factores socioeconómicos, desigualdades estructurales y el acceso a los servicios de salud, lo que refuerza la necesidad de adaptar la atención de salud mental perinatal a cada contexto.
En conjunto, estos resultados apoyan la integración de la salud mental perinatal en los servicios de atención al embarazo, parto y puerperio. Para avanzar en esta dirección, es fundamental establecer protocolos claros de actuación en cuanto al cribado, la prevención y el tratamiento, así como desarrollar guías de práctica clínica basadas en la evidencia que orienten a los profesionales sanitarios.