Gerard Anmella
Psiquiatra e investigador de la Unidad de Trastornos Depresivos y Bipolares del Hospital Clínic de Barcelona
Este estudio presenta un sistema novedoso y prometedor para el tratamiento de la depresión basado en estimulación física no invasiva administrada desde el ojo.
Los autores han desarrollado una lentilla blanda y flexible que aplica corriente eléctrica a través de la córnea (estimulación eléctrica transcorneal por interferencia temporal o TI-TES, por sus siglas en inglés). Esa corriente alcanza la retina y, desde ahí, viaja por las vías visuales hasta estructuras cerebrales profundas.
La clave está en cómo se genera el estímulo: la técnica se llama interferencia temporal. Funciona así: se emiten dos señales eléctricas de alta frecuencia, muy parecidas entre sí (2.000 Hz y 2.020 Hz). Ninguna de ellas, por separado, activa las neuronas, porque oscilan demasiado rápido. Pero al cruzarse en el tejido, generan una ‘onda envolvente’ a una frecuencia mucho más baja —en este caso de 20 Hz— que es la que realmente estimula a las neuronas. Esto permite alcanzar estructuras profundas sin necesidad de cirugía ni de electrodos implantados.
Antes de evaluar su eficacia, los investigadores comprobaron en ratones que el dispositivo era seguro: no producía daño estructural, funcional, celular ni inflamatorio en la córnea ni en la retina, y resultaba biocompatible incluso en uso prolongado.
A continuación, verificaron que la estimulación externa efectivamente activaba las células de la retina y que esa señal llegaba a la corteza cerebral, donde registraron los correspondientes potenciales evocados.
Para inducir un estado depresivo, administraron corticosterona (la principal hormona del estrés en roedores) a un grupo de ratones. Después compararon los que recibían estimulación frente a los que no, ensayando distintas duraciones y frecuencias. Se observó una mejoría significativa, aunque parcial, en cuatro niveles:
- Conducta: los ratones tratados atenuaron los signos típicos de depresión —recuperaron parte de su comportamiento social, redujeron la ansiedad, mostraron menos desesperanza y recuperaron movilidad—, sin llegar a una normalización completa.
- Conectividad cerebral: mejoró la comunicación entre hipocampo y corteza prefrontal, una vía habitualmente inhibida en la depresión.
- Microestructura sináptica: aumentaron las conexiones entre neuronas y se recuperó parte de la capacidad plástica y regenerativa de las sinapsis.
- Inflamación: descendieron los marcadores inflamatorios en estructuras cerebrales, una alteración reconocida en la depresión.
Para situar el alcance del efecto, lo compararon con un grupo tratado con fluoxetina (un antidepresivo habitual): la TI-TES mostró una eficacia equiparable. Es decir, no se trata de una reversión absoluta de los síntomas, sino de una mejoría del mismo orden que la que ofrece un antidepresivo de uso común.
Conviene recordar el contexto. Las herramientas disponibles para tratar la depresión se agrupan en tres bloques: tratamientos psicoterapéuticos, farmacológicos (antidepresivos) y físicos. Entre los físicos destacan:
- La terapia electroconvulsiva (conocida antiguamente con el estigmatizante nombre de ‘electroshock’): muy eficaz, pero requiere anestesia general y puede producir amnesia reversible asociada a las sesiones.
- La estimulación magnética transcraneal (EMT), que está ganando terreno en nuestro país, con cada vez más evidencia de utilidad y pocos efectos adversos. Funciona aplicando un campo magnético pulsado desde una bobina apoyada en el cuero cabelludo; ese campo induce, por inducción electromagnética, pequeñas corrientes eléctricas en la corteza cerebral más superficial. Su limitación principal es doble: por un lado, su alcance se queda en estructuras cerebrales relativamente superficiales; por otro, es logística —hoy por hoy hay que acudir a un centro especializado y utilizar un equipo específico—.
- La estimulación cerebral profunda, que requiere implantar un electrodo en estructuras cerebrales profundas mediante neurocirugía y se reserva para casos de depresión resistente.
La TI-TES se incorporaría a este último grupo, el de los tratamientos neuroestimuladores, pero con dos diferencias importantes. La primera: a diferencia de la EMT, que alcanza solo la corteza superficial, la interferencia temporal permitiría estimular estructuras cerebrales profundas sin cirugía. La segunda: podría administrarse desde una lentilla, en un contexto ambulatorio y tras una intervención ocular sencilla. En el estudio, los efectos adversos parecen nulos (algo que, lógicamente, deberá confirmarse en humanos).
Conviene insistir en lo más importante: los resultados son en ratones y la mejoría observada es parcial, no una curación. El salto al ser humano nunca es directo, y en el campo de la psiquiatría hemos visto muchas terapias prometedoras en modelos animales que no han mostrado el mismo efecto en personas. El tamaño de los grupos en este estudio es limitado (en torno a 10 ratones por grupo), aunque la señal observada es consistente y de magnitud notable. Los propios autores señalan, además, que quedan retos técnicos por resolver, como la transmisión inalámbrica de la señal a la lentilla.
Aun así, lo que abre este trabajo es una puerta difícilmente imaginable hace unos años: estimular el cerebro profundo mediante corrientes eléctricas administradas a través de unas lentillas. Y, si la tecnología se consolida, podría ser aplicable a otros trastornos y enfermedades de origen cerebral. Incluso cabría plantear su potencial como potenciador cognitivo en la sociedad en la que vivimos y hacia la que vamos —con todas las preguntas éticas que ello abriría—.