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Guillermo Antiñolo Gil

Catedrático de Obstetricia y Ginecología en la Universidad de Sevilla y jefe de Servicio en la Unidad de Medicina Materno-Fetal, Genética y Reproducción del Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla)

El estudio es metodológicamente solvente. Utiliza la base de datos de la Carga Global de Enfermedad (Global Burden of Disease, GBD 2023), cubre 204 países entre 1990 y 2023 y aplica herramientas estadísticas estándar y bien ejecutadas. Su principal aportación es centrar el foco en las mujeres de 35 a 49 años —la franja en la que el descenso biológico de la fertilidad realmente pesa— y proyectar la tendencia hasta 2036. Las cifras son llamativas por su magnitud: en torno a 53,6 millones de mujeres de esa edad afectadas en 2023, con una proyección cercana a los 79,6 millones en 2036, y un desplazamiento de la carga relativa desde los países menos desarrollados hacia los de mayor renta.

Conviene, no obstante, leer estos números con cautela, porque el indicador no mide exactamente lo que parece. La prevalencia de infertilidad del GBD es una cifra modelada que depende en buena medida de que la mujer desee tener hijos, busque atención médica y disponga de servicios diagnósticos. Es decir, mide tanto la búsqueda de atención y la calidad del registro como la biología. La mejor prueba de ello es la disparidad poco verosímil entre países parecidos: Bélgica aparece con 8.499 casos por 100.000 mujeres y Alemania con 2.195; España, con 2.226, queda muy por debajo de la media mundial (6.907). No creo que una mujer belga sea cuatro veces más infértil que una alemana.

Conviene además precisar qué significa la tasa de infertilidad: el estudio la calcula sobre todas las mujeres de 35 a 49 años, no solo sobre las que intentan concebir, que es lo que clínicamente se entiende por tasa de infertilidad. Como el denominador es el conjunto de mujeres de esa edad, el mero aumento del número de las que buscan embarazo a edades tardías eleva la tasa, aunque el riesgo por intento no haya cambiado; por eso el incremento no debe leerse como un aumento del riesgo biológico de infertilidad.

A ello se añaden dos matices. El primero, sobre la carga: el estudio la expresa en años de vida ajustados por discapacidad (DALY), pero en la infertilidad no hay mortalidad, de modo que esa carga es por completo pérdida de calidad de vida; dicho de otro modo, el GBD trata la propia infertilidad como una discapacidad a la que asigna un peso —un valor discutible—, por lo que no debe compararse con la de enfermedades mortales. El segundo: el estudio solo contempla la infertilidad femenina y deja fuera el factor masculino, que explica una proporción relevante de los casos.

En España, lo determinante no es una nueva epidemia biológica, sino el aplazamiento de la maternidad por razones socioeconómicas. La edad media para tener el primer hijo ronda los 33 años, la fecundidad está entre las más bajas del mundo (1,10 hijos por mujer) y uno de cada diez nacimientos ya es de madres de 40 o más años; las propias mujeres señalan la falta de recursos económicos, la dificultad de conciliación y el temor al impacto en su carrera como principales barreras. Por eso la palanca más eficaz es social y preventiva, no solo asistencial: información temprana sobre el declive de la fertilidad con la edad; medidas contra las causas estructurales del aplazamiento (vivienda, precariedad, conciliación y corresponsabilidad en los cuidados); evaluación reproductiva precoz en atención primaria; consejo honesto sobre la congelación de ovocitos, sin presentarla como una garantía; y un acceso público a la reproducción asistida más racional y equitativo, sin olvidar el factor masculino. La medicina reproductiva de precisión y la genómica abren, además, un horizonte para caracterizar mejor las causas y afinar el pronóstico individual.

ES