Un estudio alerta sobre el aumento global de la infertilidad en mujeres mayores de 35 años
Rocío Núñez Calonge - infertilidad julio
Rocío Núñez Calonge
Directora científica del Grupo UR Internacional y coordinadora del Grupo de Ética de la Sociedad Española de Fertilidad
El estudio de Yuanyuan Du et al. ofrece un análisis exhaustivo de la evolución de la infertilidad entre 1990 y 2023 en mujeres de 35 a 49 años, evaluando las tendencias temporales, cuantificando las desigualdades entre regiones, identificando los principales factores asociados y determinando los países con mayor potencial de mejora mediante el análisis de 204 territorios dentro del marco del Global Burden of Disease (GBD). Según sus resultados, en 2023 aproximadamente 53,6 millones de mujeres de este grupo de edad fueron afectadas por la infertilidad, y las proyecciones estiman que esta cifra podría alcanzar los 79,6 millones en 2036.
Los autores destacan que este grupo de mujeres ha recibido una atención limitada en los estudios epidemiológicos sobre infertilidad, a pesar de representar una proporción importante de la carga global de enfermedad. Sin embargo, centrar el análisis exclusivamente en mujeres de 35 a 49 años introduce determinados sesgos que deben considerarse. En primer lugar, resulta esperable que este grupo presente las mayores tasas de infertilidad, dado que a partir de los 35 años se produce un descenso progresivo tanto en la reserva ovárica como en la calidad ovocitaria, con una aceleración significativa a partir de los 40 años. Además, la inclusión de mujeres entre 45 y 49 años, en las que la probabilidad de embarazo espontáneo es extremadamente reducida, puede contribuir a incrementar artificialmente la estimación global de infertilidad asociada a este grupo etario.
En segundo lugar, aunque los autores señalan la escasez de estudios específicos de fertilidad en mujeres de edad materna avanzada, existen numerosos trabajos que han abordado este problema desde una perspectiva clínica. En este sentido, estudios recientes han demostrado un deterioro progresivo de los resultados reproductivos con la edad. Por ejemplo, un trabajo publicado por Sebastián-León en 2025 describe un descenso anual de aproximadamente un 4,2% en la tasa de implantación embrionaria en mujeres mayores de 40 años, evidenciando el impacto del envejecimiento reproductivo sobre los resultados de los tratamientos de reproducción asistida.
La principal aportación del estudio reside en la amplitud del análisis internacional, que permite evaluar diferencias entre 204 países y establecer proyecciones futuras sobre la evolución de la infertilidad. No obstante, debe tenerse en cuenta otro posible sesgo metodológico: la carga de morbilidad en salud pública que muestra la proporción de mujeres de entre 35 y 49 años afectadas por la infertilidad (definida según el GBD como mujeres con exposición al embarazo que intentan concebir, pero no logran el embarazo). Este indicador puede estar condicionado por factores socioeconómicos, culturales y de accesibilidad al sistema sanitario, además de reflejar de manera desproporcionada la situación de mujeres de mayor edad, que son quienes tienen mayor problema para concebir.
El estudio pone de manifiesto que, aunque las diferencias históricas entre regiones de bajos y altos ingresos se han reducido, la carga de infertilidad se está desplazando progresivamente hacia los países de mayores ingresos. En estos contextos, las mujeres presentan una mayor probabilidad de retrasar la maternidad y de acceder a pruebas diagnósticas y tratamientos de fertilidad. Los autores interpretan este fenómeno como consecuencia de transformaciones sociales y económicas más amplias, entre ellas el aplazamiento de la planificación familiar hasta edades más avanzadas y una mayor disponibilidad de servicios reproductivos en determinados entornos desarrollados.
En España, al igual que en otros países desarrollados, se ha observado un incremento significativo de la infertilidad en mujeres de edad avanzada. Sin embargo, es importante interpretar estos datos con cautela: el aumento observado en este grupo de edad no implica necesariamente un incremento intrínseco de la infertilidad, sino que refleja, en gran medida, un retraso progresivo de la edad al primer embarazo motivado por factores sociales, económicos y laborales. Por tanto, analizar únicamente este rango etario puede confundir el efecto del envejecimiento reproductivo con una supuesta modificación de la capacidad reproductiva poblacional.
Los autores resaltan la necesidad urgente de desarrollar estrategias de salud reproductiva más inclusivas e integrar la infertilidad dentro de las agendas sanitarias nacionales e internacionales. Entre las medidas propuestas se incluyen la ampliación de la cobertura pública de las técnicas de reproducción asistida, la inversión en innovación tecnológica, la promoción de una planificación familiar informada, el fortalecimiento de los sistemas sanitarios y una mayor cooperación internacional para garantizar un acceso equitativo a la atención reproductiva.
Sin embargo, el incremento de la infertilidad asociado a este grupo de edad no puede abordarse exclusivamente mediante la ampliación de las opciones terapéuticas de reproducción asistida. Aunque estas técnicas constituyen una herramienta fundamental para muchas pacientes, no solucionan la causa estructural del problema. En países como España, resulta necesario abordar también los factores sociales que condicionan el retraso de la maternidad, especialmente aquellos relacionados con la conciliación entre la vida laboral y personal, la estabilidad económica y el apoyo institucional a la maternidad temprana.
En definitiva, el estudio aporta información relevante sobre la distribución mundial de la infertilidad en mujeres de edad materna avanzada y pone de manifiesto sus importantes implicaciones sanitarias y sociales, como el envejecimiento poblacional, la creciente demanda de tratamientos reproductivos y la presión añadida sobre los sistemas de salud. No obstante, las soluciones deben ir más allá del ámbito médico y contemplar cambios sociales y estructurales que permitan a las mujeres ejercer su derecho reproductivo en condiciones más favorables.
Guillermo Antiñolo Gil - fertilidad julio
Guillermo Antiñolo Gil
El estudio es metodológicamente solvente. Utiliza la base de datos de la Carga Global de Enfermedad (Global Burden of Disease, GBD 2023), cubre 204 países entre 1990 y 2023 y aplica herramientas estadísticas estándar y bien ejecutadas. Su principal aportación es centrar el foco en las mujeres de 35 a 49 años —la franja en la que el descenso biológico de la fertilidad realmente pesa— y proyectar la tendencia hasta 2036. Las cifras son llamativas por su magnitud: en torno a 53,6 millones de mujeres de esa edad afectadas en 2023, con una proyección cercana a los 79,6 millones en 2036, y un desplazamiento de la carga relativa desde los países menos desarrollados hacia los de mayor renta.
Conviene, no obstante, leer estos números con cautela, porque el indicador no mide exactamente lo que parece. La prevalencia de infertilidad del GBD es una cifra modelada que depende en buena medida de que la mujer desee tener hijos, busque atención médica y disponga de servicios diagnósticos. Es decir, mide tanto la búsqueda de atención y la calidad del registro como la biología. La mejor prueba de ello es la disparidad poco verosímil entre países parecidos: Bélgica aparece con 8.499 casos por 100.000 mujeres y Alemania con 2.195; España, con 2.226, queda muy por debajo de la media mundial (6.907). No creo que una mujer belga sea cuatro veces más infértil que una alemana.
Conviene además precisar qué significa la tasa de infertilidad: el estudio la calcula sobre todas las mujeres de 35 a 49 años, no solo sobre las que intentan concebir, que es lo que clínicamente se entiende por tasa de infertilidad. Como el denominador es el conjunto de mujeres de esa edad, el mero aumento del número de las que buscan embarazo a edades tardías eleva la tasa, aunque el riesgo por intento no haya cambiado; por eso el incremento no debe leerse como un aumento del riesgo biológico de infertilidad.
A ello se añaden dos matices. El primero, sobre la carga: el estudio la expresa en años de vida ajustados por discapacidad (DALY), pero en la infertilidad no hay mortalidad, de modo que esa carga es por completo pérdida de calidad de vida; dicho de otro modo, el GBD trata la propia infertilidad como una discapacidad a la que asigna un peso —un valor discutible—, por lo que no debe compararse con la de enfermedades mortales. El segundo: el estudio solo contempla la infertilidad femenina y deja fuera el factor masculino, que explica una proporción relevante de los casos.
En España, lo determinante no es una nueva epidemia biológica, sino el aplazamiento de la maternidad por razones socioeconómicas. La edad media para tener el primer hijo ronda los 33 años, la fecundidad está entre las más bajas del mundo (1,10 hijos por mujer) y uno de cada diez nacimientos ya es de madres de 40 o más años; las propias mujeres señalan la falta de recursos económicos, la dificultad de conciliación y el temor al impacto en su carrera como principales barreras. Por eso la palanca más eficaz es social y preventiva, no solo asistencial: información temprana sobre el declive de la fertilidad con la edad; medidas contra las causas estructurales del aplazamiento (vivienda, precariedad, conciliación y corresponsabilidad en los cuidados); evaluación reproductiva precoz en atención primaria; consejo honesto sobre la congelación de ovocitos, sin presentarla como una garantía; y un acceso público a la reproducción asistida más racional y equitativo, sin olvidar el factor masculino. La medicina reproductiva de precisión y la genómica abren, además, un horizonte para caracterizar mejor las causas y afinar el pronóstico individual.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares
Yuanyuan Du et al.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares