Pilar Brufau
Investigadora y profesora titular en el departamento de Ciencia y Tecnología de Materiales y Fluidos de la Universidad de Zaragoza
El estudio presenta una alta calidad metodológica ya que emplea un enfoque de atribución física mediante el método Pseudo-Global Warming y simulaciones convectivas a un kilómetro de resolución con el modelo WRF, lo que permite analizar explícitamente los procesos dinámicos y microfísicos implicados en la intensificación de la lluvia extrema. Además, incorpora un conjunto de 15 modelos CMIP6 para estimar la señal climática y aplica pruebas estadísticas robustas, lo que refuerza la solidez de los resultados. Sus conclusiones —incremento del 21 % en la lluvia acumulada en seis horas y expansión del 55 % del área con precipitaciones extremas bajo condiciones actuales— son físicamente coherentes con la teoría termodinámica (relación de Clausius-Clapeyron) y encajan con la evidencia científica previa que documenta la intensificación de los extremos de precipitación en un clima más cálido. No obstante, el estudio tiene limitaciones importantes: analiza un único evento, mantiene fija la circulación atmosférica a gran escala (por lo que no evalúa cambios en la probabilidad de ocurrencia) y su enfoque es condicional, es decir, compara cómo habría sido el mismo episodio en un clima preindustrial, pero no cuantifica el aumento de riesgo futuro.
En cuanto a sus implicaciones, el trabajo refuerza la idea de que el cambio climático antropogénico no solo incrementa la cantidad de lluvia, sino que amplifica los mecanismos físicos que hacen más intensos y extensos los episodios convectivos extremos. Esto tiene consecuencias directas para las políticas climáticas y, especialmente, para la planificación urbanística: cuestiona la validez de asumir la ‘estacionariedad’ climática en el diseño de infraestructuras hidráulicas, sistemas de drenaje y ordenación del territorio. Si los eventos subdiarios pueden intensificarse en torno a un 20 % por grado de calentamiento, las curvas de diseño IDF y los mapas de riesgo basados en datos históricos están infraestimando el peligro real y deberían actualizarse. Estudios de este tipo aportan una base científica sólida para justificar la actualización de metodologías científicas, normativas de construcción, la protección de cauces y zonas inundables, la incorporación de soluciones basadas en la naturaleza y el refuerzo de estrategias de adaptación frente a un clima que muestra señales de intensificación de los extremos hidrometeorológicos.