Jorge M. Lobo
Investigador en el departamento de Biogeografía y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)
La diversidad de la vida es el resultado de la acción de la evolución. Por ejemplo, el aislamiento geográfico de una población perteneciente a una especie puede, con el tiempo, dar lugar a la aparición de una nueva especie hermana. Como consecuencia de este proceso, es posible reconocer distintas jerarquías de organización biológica en los seres vivos. Estas jerarquías están anidadas unas dentro de otras, ya que todos los organismos comparten, a priori, un ancestro común. Además, los niveles jerárquicos más altos corresponden a linajes que se originaron en momentos más antiguos de la historia evolutiva y que, en esencia, representan soluciones biológicas exitosas frente a determinadas presiones ambientales. Un ejemplo ilustrativo se encuentra en los insectos. Actualmente se reconocen alrededor de 30 órdenes, que agrupan aproximadamente 1.000 familias. Estas familias, a su vez, incluyen cerca de 130.000 géneros, dentro de los cuales se distribuyen alrededor de un millón y medio de especies descritas.
En un trabajo reciente, John J. Wiens y colaboradores estimaron cuántas nuevas agrupaciones taxonómicas por encima del nivel de especie se describen cada año. Sus resultados muestran que los nuevos géneros corresponden en su mayoría al grupo que concentra gran parte de la diversidad terrestre: los artrópodos, como insectos, arácnidos, crustáceos y miriápodos. Sin embargo, cuando se analizan niveles jerárquicos superiores, como familias, órdenes o clases, la situación cambia: muchas de estas nuevas agrupaciones pertenecen a organismos microscópicos, bacterias y hongos, a menudo asociados a ambientes marinos o viviendo como huéspedes de otros organismos. Desde hace tiempo se plantea que el número de especies actualmente descritas de bacterias y hongos, que apenas alcanza unas 180.000, podría representar solo alrededor del 1 % del total real, o incluso una fracción todavía menor. Si hablamos de la diversidad de la vida, por tanto, es imprescindible hablar de los microorganismos. Estas diminutas formas de vida, las más antiguas de la historia evolutiva del planeta, poseen una enorme capacidad evolutiva, colonizan y empapan prácticamente todos los ambientes y desempeñan un papel fundamental como ingenieros en todos los ciclos biogeoquímicos de la Tierra. No resulta sorprendente, por ello, que muchas de las nuevas entidades taxonómicas de nivel supraespecífico se estén descubriendo precisamente entre bacterias y hongos.
Si cada organismo puede entenderse como una solución única y eficaz de la vida frente un conjunto específico de condiciones ambientales, la principal conclusión de este estudio es que el número de grandes soluciones biológicas aún desconocidas podría ser enorme. Existe, por tanto, el riesgo de perder parte de esa diversidad antes incluso de haberla descubierto, como consecuencia de nuestra creciente y profunda intervención sobre la naturaleza. De ahí la importancia de impulsar esfuerzos de inventario biológico amplios y estandarizados, acompañados de políticas de conservación eficaces.