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Eduard Vieta

Catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona, jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM)

Yo estuve invitado, en su momento, a uno de los Comités de la Task Force del DSM-5 (el de Psicosis, que abordaba la evidencia científica subyacente al trastorno bipolar y la esquizofrenia) y veo que muchos de los cambios que se propusieron entonces (2007-2008) y que finalmente no entraron o lo hicieron de forma parcial en el DSM-5 (2013) sí que aparecerán ahora en el nuevo DSM. En mi opinión, el cambio más importante (aparte del nombre, que de forma desiderativa cambia estadístico por científico sin perder el acrónimo), es que el DSM abraza el concepto de Psiquiatría de Precisión (por cierto, la primera mención de este concepto en la literatura científica está en un artículo que publiqué en 2015). Para alcanzar dicho paradigma, se introducen, esta vez de forma inequívoca y oficial, los biomarcadores y las dimensiones sintomáticas. También es relevante el énfasis en la funcionalidad y la calidad de vida. 

El DSM seguirá siendo un producto esencialmente originado en EE. UU., aun contando, como en ediciones anteriores, con asesores externos (pocos), y una herramienta práctica criticable (y criticada), pero con una influencia enorme en la práctica clínica del cuidado de los trastornos mentales y en la investigación. La dirección de los cambios es la correcta y, aunque ciertos sectores seguirán criticando la medicalización del sufrimiento psíquico (en parte, por una visión ideológica que niega la neurobiología y aplica un reduccionismo social acientífico), creo que será un paso adelante para mejorar la validez y la fiabilidad del diagnóstico psiquiátrico.

ES