El 51,5 % de los españoles se siente seguro de su capacidad para detectar bulos, pero solo el 18,1 % cree que la persona promedio puede distinguir la desinformación. El pensamiento conspirativo, las actitudes populistas y el consumo pasivo de noticias son los factores que más predisponen a la difusión de bulos sobre ciencia. Además, aunque el 62,4% cree que la IA facilita la distribución de noticias falsas, un 32,3% la utiliza para informarse sobre ciencia al menos cada semana.
Son algunas de las conclusiones aportadas por la segunda edición del estudio ‘Desinformación científica en España 2026’ realizado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), dentro del proyecto IBERIFIER Plus a partir de una encuesta a 2215 personas. El informe remarca que la percepción de desinformación científica se ha normalizado en cuestiones de gran relevancia cotidiana como la alimentación, el clima o la salud.
Para profundizar en el estudio, el SMC ofreció una sesión informativa para periodistas con la profesora de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid Celia Díaz y el investigador en el Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex (Reino Unido) Pablo Cabrera, los codirectores científicos del informe.
Una novedad de esta edición procede de un experimento: cuando se invita a las personas a reflexionar sobre la credibilidad de un contenido, se frena la difusión de patrañas. Sin embargo, cuando reflexionan sobre qué emociones les hace sentir ese contenido, aumenta su tendencia a compartirlo.
“Hacer pensar a la gente sobre la credibilidad de las noticias reduce la probabilidad de compartir información falsa”, explicó Cabrera al respecto de un experimento llevado a cabo en el contexto del estudio. Sin embargo, esto “tiene un precio”, ya que como resultado también difunden menos la información verdadera. “Existe un coste, porque en general se comparte menos cuando las personas empiezan a dudar de si la información que se les ha presentado es verdadera o falsa”.
“La desinformación científica ya no es una crisis puntual, ha venido para quedarse y está en todo el ámbito cotidiano”, afirmó Díaz. Además, “la IA ha cambiado el mapa informativo más rápido de lo que hemos podido procesar”. Un tercio de la población usa ChatGPT o Gemini semanalmente para informarse sobre ciencia, salud y medioambiente, en proporción similar al porcentaje de personas que lo hace a través de la radio y la televisión.
En declaraciones al SMC, Carolina Moreno, catedrática de Periodismo e investigadora en la Universitat de València, que no ha participado en el estudio, señalaba que “el verdadero punto de inflexión no es solo que cada vez más personas consulten estos sistemas, sino que tienden a percibirlos como tecnologías objetivas, neutrales y autónomas, cuando en realidad no lo son”.
En este sentido, Laura Teruel, profesora de Periodismo Científico y Medioambiental en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga, que tampoco participa en este informe, ha destacado que "el abandono de la consulta a los medios por parte de la audiencia, junto al aumento del consumo accidental —los mensajes aparentemente informativos nos llegan aisladamente, sin buscarlos y, en muchos casos, sin conocer sus fuentes ni su origen, generalmente a través de redes—, debe hacer reflexionar sobre la renuncia de la sociedad a recurrir a informadores creíbles y profesionales”.
La parte positiva, según Díaz, es que “la confianza en la ciencia es nuestro activo más sólido, pero es frágil y sin alfabetización científica y mediática puede convertirse en la puerta de entrada a contenidos que solo imitan la forma de conocimiento científico”.
En la sesión también se aclararon las diferencias entre populismo científico y mentalidad conspiranoica, dos conceptos separados, pero también relacionados. “El pensamiento conspirativo se asocia más a una falta de control ante la incertidumbre, mientras que en el populismo científico se reta a la autoridad”, comentó Díaz.
Cabrera explicó las dificultades a la hora de atajar este tipo de pensamiento. “Es un tema muy complejo, porque las personas que presentan un pensamiento conspiranoico generalmente a la hora de asignar verosimilitud a la información lo hacen desde el razonamiento motivado, por el que tienden a aceptar como válida la información que reafirma sus posiciones, que no tiene por qué ser verdadera".
Como resultado, “poner el foco en la veracidad no es la manera más efectiva [de combatir la desinformación], sobre todo cuando esas creencias están bastante ancladas”. En su lugar, “utilizar estrategias preventivas funciona mejor”: por ejemplo, apostar por la transparencia y desmontar los bulos antes de que lleguen a cristalizar.
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