La mejor imagen del eclipse total de Sol del próximo 12 de agosto de 2026 no será la de la corona solar recortada contra el cielo oscuro, ni siquiera una secuencia de cómo la Luna se pasea por delante de nuestra estrella haciendo la magia de convertir la tarde en una noche única. La fotografía que realmente capturará la esencia del fenómeno será un primer plano de la gente con ojos como platos, gritando alborozada, quizá alguna lágrima silenciosa y esa expresión de estar viendo algo que no debería ocurrir, pero ocurre. Veremos miles de vídeos con un bullicioso estruendo que, curiosamente, no recordábamos haber producido nosotros mismos. Pero es este gesto que indica, de alguna manera, que tuvimos ocasión de vivir una experiencia insólita y bella, el que marca el paisaje humano del asombro.
En 2023 Dacher Keltner, psicólogo de la Universidad de California en Berkeley, donde dirige el Berkeley Social Interaction Lab, publicó el libro AWE: The New Science of Everyday Wonder and how it Can Transform Your Life en el que acumuló investigaciones de casi dos décadas sobre la psicología del asombro, que describe como una poderosa maquinaria que conmueve y transforma al ser humano y lo hace más cooperativo, acaso mejor. Los eclipses son un buen ejemplo de este mecanismo en acción.
Durante el eclipse que recorrió Estados Unidos en 2017, en Twitter se detectó un significativo aumento de términos relacionados con la sorpresa, también con actitudes positivas y expresiones relacionadas con la gratitud y el cariño
Con motivo del eclipse que recorrió Estados Unidos en 2017, el psicólogo de la Johns Hopkins University Sean Goldy analizó las publicaciones en la red social Twitter que se produjeron en torno a la fecha del 21 de agosto, la del eclipse total. En su estudio se detectó un significativo aumento de términos relacionados con la sorpresa, también con actitudes positivas y expresiones relacionadas con la gratitud y el cariño. También cambiaba el uso de pronombres: se usaba más el “nosotros” que el “yo”. Y sistemáticamente lo hacía más la gente en la franja de totalidad, aunque el efecto duraba solamente 24 horas: al día siguiente se volvía a lo de siempre. Investigaciones posteriores, recabando también reacciones en otros eclipses, han permitido entender que son experiencias transformadoras para quien las vive, como se comprobó el 8 de abril de 2024 con otro eclipse total que recorrió Norteamérica.
¿Qué produce ese sentimiento? Ramón Núñez, en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol, reproduce diversos testimonios de astrónomos y científicos que a lo largo de los siglos vivieron la experiencia de un eclipse total, explicando cómo “es un suceso único, extraño, impresionante y sobrecogedor”. Todos los relatos se parecen en esa descripción del asombro vivido como una experiencia muy personal. Quizá a ello contribuya que además son fenómenos escasos: la probabilidad de contemplar un eclipse desde un determinado lugar del planeta a lo largo de una vida humana es menos de un 25 %.
Eclipses para la ciencia
Durante años, profesionales de la astronomía y la divulgación científica hemos pensado que los eclipses son el caballo de Troya perfecto para colar la ciencia en las aulas y en las conversaciones. Lo llamativo del fenómeno y la perfecta explicación que propone la astronomía para pronosticarlos con exactitud parece una estrategia impecable sobre el papel: la emoción atrae, el rigor explica y, al final, el público sale ganando con una dosis de alfabetización científica. Las masivas concentraciones de público y el impacto en los medios de comunicación y las redes sociales de los lanzamientos de misiones espaciales o hitos como algún paseo espacial correlacionan con un mayor interés por la ciencia y refuerzan la identidad científica y la intención de involucrarse en actividades de este tipo. Sin embargo, existe una brecha entre esta intención y la acción real.
Un eclipse es un fenómeno que trasciende lo astronómico, lo científico. El laboratorio que nos ofrece un eclipse total tiene atractivo desde ese punto de vista, pero sobre todo nos emociona. Incluso desde una perspectiva naturalista parece que los eclipses, más que a la mecánica celeste, apuntan a algo superior. Debemos conceder que la experiencia psicológica generada cuando los dos astros más presentes en la vida de la humanidad juegan al escondite durante unos minutos nos desarma ante la majestuosidad del cosmos, nos recuerda lo pequeños que somos y, paradójicamente, lo mucho que nos necesitamos, siempre en un marco social que no es nada astronómico. Y donde las circunstancias sociales pueden cambiar por completo la experiencia.
Dos eclipses solares en Belgrado se vivieron en circunstancias sociopolíticas muy diferentes: la curiosidad en el de 1961, que fue bien informado desde las autoridades comunistas yugoslavas, se convirtió en temor en el de 1999, ya como capital de la Serbia poscomunista
En este sentido se pronuncian los antropólogos de la Universidad de Belgrado Ivan Kovačević y Danijel Sinani, que analizaron dos eclipses solares en Belgrado en circunstancias sociopolíticas muy diferentes: el primero en 1961 y el segundo en 1999. La curiosidad en el primer caso, que fue bien informado desde las autoridades comunistas yugoslavas, se convirtió en temor en el segundo, ya como capital de la Serbia poscomunista; incluso se vivió pánico en las calles. El eclipse, socialmente, es un significante vacío dispuesto a ser inscrito por el relato dominante. Y en muchos países se sigue afirmando, por ejemplo, que el eclipse es peligroso para las mujeres embarazadas. Incluso en algunos eclipses se ha propagado la idea de que cualquier mujer debería permanecer en casa, por si acaso.
Periodismo al rescate
Ahí reside la responsabilidad del periodismo. No se trata de inventar una épica artificial, sino de ordenar la emoción y construir un relato que no traicione los hechos, pero que tampoco ignore que eso que está ocurriendo en la retina de los espectadores es mucho más que la suma de órbitas y mecánica analítica. La tentación, sin embargo, es caer en el exceso. Se suele apuntar que el eclipse del 17 de abril de 1912, que fue todo un espectáculo con millones de personas observándolo en París, vino acompañado de un enorme interés por los medios de comunicación de la época, tanto que llegó a eclipsar la noticia del hundimiento del Titanic, ocurrido el día 15. Lo cierto es que ya casi nadie recuerda ese eclipse, desde luego, mucho menos que la historia del transatlántico británico.
Contaremos cómo mirar bien, lo que implica saber que el fenómeno tiene consecuencias muy terrenales: atascos, saturación de servicios, riesgos oculares y accidentes
Ahora vivimos en la era del clickbait y los titulares exagerados, de la urgencia que se promueve desde medios de comunicación y, sobre todo, desde ciertas redes sociales, así que cabe esperar una avalancha de titulares sensacionalistas. En los análisis del último gran eclipse de masas, el que recorrió México, EE. UU. y Canadá el 8 de abril de 2024, con más de 40 millones de personas habitando en la zona de totalidad, se ha destacado el aumento en la circulación de teorías relacionadas con el fin del mundo o con las conspiraciones. Incluso sectores como el de los terraplanistas, precisamente el colectivo que menos querría ver los eclipses que contradicen su cosmovisión, se vio promocionado por los algoritmos, de forma que las imágenes y vídeos falsos acababan siendo más populares que las retransmisiones oficiales. No me atrevo a predecir qué sucederá ahora, con unos eclipses que van a vivir de lleno en la moda de las inteligencias artificiales generativas.
A pesar de todo, quiero pensar que el periodismo puede ser la solución. El público no necesita titulares exagerados, porque basta con transmitir adecuadamente lo maravillosa que será, sin duda, la observación del eclipse. Para disfrutarlo no hace falta ser un experto en astronomía, sino simplemente seguir una serie de recomendaciones lógicas. Esto es lo que hay que contar, introduciendo la importancia de programar qué haremos los próximos 12 de agosto de 2026, 2 de agosto de 2027 y 26 de enero de 2028.
El público no necesita titulares exagerados, porque basta con transmitir lo maravillosa que será, sin duda, la observación del eclipse, y una serie de recomendaciones lógicas
Contaremos cómo mirar bien. Y mirar bien, en el caso de un eclipse, implica también saber que el fenómeno tiene consecuencias muy terrenales: atascos, saturación de servicios, riesgos oculares y, como demuestra un estudio de la Universidad de Toronto, un aumento significativo de accidentes mortales de tráfico, especialmente en zonas cercanas a la franja de totalidad.
Además, y esto es un ruego abierto a quienes trabajan en la comunicación científica, podemos aprovechar para transmitir lo interesante del fenómeno. Habrá gente que no se sienta movida a observarlo y menos conmovida ante la idea del eclipse total. Pero sabemos que hay personas que recordarán toda su vida alguno de estos eclipses. Leeremos sabrosos titulares y piezas periodísticas, pero, sobre todo, tendremos esos recuerdos y, quizá, alguien grabe un vídeo de cómo nos quedamos embobados mirando el cielo durante esos minutos.