¿Qué son los psicodélicos?
Los psicodélicos son sustancias que actúan sobre el sistema nervioso central, principalmente a través de los receptores de serotonina, provocando estados alterados de conciencia. Estos incluyen, además de posibles alucinaciones, “experiencias místicas, disolución del ego, sinestesias, aumento de la carga emocional, dar significado a experiencias presentes o pasadas, flexibilizar puntos de vista y cambiar pautas y comportamientos”, enumera al SMC España Rosa Mª Dueñas, psiquiatra, terapeuta e investigadora en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu e Institut de Recerca Sant Joan de Déu, grupo ANIMA. Se trata de cambios profundos y transitorios en la percepción, la cognición y la emoción, con alteraciones fisiológicas, como el aumento del ritmo cardiaco. Sus efectos dependen de sustancia, dosis, persona y contexto.
Los psicodélicos más conocidos incluyen la psilocibina, procedente de ciertos hongos; la LSD sintetizada artificialmente; la mezcalina, extraída de los cactus peyote y San Pedro; la DMT, presente en la ayahuasca, y la 5-MeO-DMT, procedente de un sapo y algunas plantas.
¿Qué sustancias se están investigando y para qué?
En general, el estudio de estas sustancias se encuentra en la fase de ensayos clínicos, algunos de ellos en España, con muy pocos fármacos autorizados y solo en algunos países. A grandes rasgos, las sustancias estudiadas y sus posibles aplicaciones son:
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Psilocibina. La más estudiada y cercana a su aprobación, junto con el MDMA. Tiene baja toxicidad, se conoce bien su mecanismo de acción neurobiológico y la duración del efecto es compatible con el trabajo clínico estructurado. Las investigaciones se centran en el tratamiento de la depresión, con ensayos clínicos ya en fase III. La psilocibina también se está estudiando para la ansiedad y depresión asociada al final de la vida o enfermedad grave, adicciones o la anorexia.
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MDMA. Hay varios ensayos en fase III para el trastorno de estrés postraumático. El MDMA también se está investigando para el tratamiento de la ansiedad, adicciones, trastornos de la conducta alimentaria o frente al malestar emocional y la angustia vital en enfermos graves y terminales.
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LSD. Este psicodélico fue ampliamente investigado para el tratamiento del alcoholismo a partir de los años 50. En la actualidad se estudia principalmente para abordar la depresión y la ansiedad. Para la ansiedad generalizada ya hay ensayos en fase III. Algunos otros usos explorados con para el tratamiento del dolor y cefaleas o del insomnio.
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DMT y 5-MeO-DMT. Ambas sustancias son parecidas por su inicio rápido y duración breve; y se exploran para depresión y otros cuadros, como la ansiedad, el estrés postraumático, el alcoholismo o el trauma, aunque aún con menos evidencia científica sólida.
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Ketamina y esketamina. La primera está constituida por los dos enantiómeros, imágenes especulares de una misma molécula, y la segunda solo por uno; lo que les confiere propiedades diferentes. La ketamina está en ensayos en fase III para el tratamiento del alcoholismo y, en fases menos avanzadas, para la depresión. La esketamina ya ha sido autorizada para la depresión resistente al tratamiento por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) y la Agencia Europea del Medicamento (EMA por sus siglas en inglés) y también se estudia para el abuso de alcohol.
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Ibogaína. Principalmente en ensayos para el tratamiento de adicciones.
No todas estas sustancias son psicodélicas: en rigor, el MDMA y la ketamina pertenecen a otros grupos. Antón Gómez Escolar, máster en Psicofarmacología y divulgador, señala que a veces se usa el término “de forma más amplia para incluir también los empatógenos-entactógenos como el MDMA, o los disociativos como la ketamina”, porque “ambas sustancias se estudian bajo el paraguas de terapias asistidas por psicodélicos y comparten algunos elementos del modelo terapéutico”. Por su parte, Eduard Vieta, jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM), explica al SMC España que la inclusión de MDMA y ketamina en el grupo de psicodélicos no es correcta: “Los psicodélicos de verdad son agonistas serotoninérgicos”.
¿Por qué se están estudiando y por qué ahora?
Los medicamentos psicofármacos —ansiolíticos, antidepresivos o antipsicóticos— atraviesan la barrera hematoencefálica para actuar en el sistema nervioso central, como hacen los psicodélicos. Esa es una de las claves para que se estén explorando este tipo de drogas como posibles nuevos tratamientos farmacológicos para la salud mental. Pero la principal es el grueso de evidencia de su valor terapéutico.
¿Y por qué ahora? “La principal causa es que hace más de 50 años que no hay una innovación en psicofarmacología, que la eficacia de los tratamientos al uso es limitada, con efectos secundarios que empiezan a manifestarse cada vez más; y el interés renovado por las propiedades médicas de los psiquedélicos que muestran avances notables con pocas dosis sin cronificar los tratamientos”, explica al SMC España José Carlos Bouso, psicólogo y doctor en Farmacología, director científico de Clínica Synaptica.
“En los últimos años se ha percibido que los psicofármacos tradicionales no siempre son eficaces para todas las personas y en todos los contextos”, dice al SMC España Elisabet Domínguez, psicóloga y doctora en Farmacología del Hospital de Sant Pau de Barcelona, presidenta de la Sociedad Española de Medicina Psicodélica (SEMPsi) y coordinadora de la iniciativa Psychedelicare en España. Dueñas señala los trastornos mentales más graves y los cronificados como aquellos que suponen un mayor reto farmacológico.
En los últimos años se ha percibido que los psicofármacos tradicionales no siempre son eficaces para todas las personas y en todos los contextos
Elisabet Domínguez
Parte del fenómeno tiene que ver con la forma en que se desarrollaron estos medicamentos. “Muchos se basaron en modelos de enfermedad bastante limitados, como el desequilibrio químico”, explica la experta. Aunque reconoce que los psicofármacos han sido útiles, “los trastornos no se explican solo por niveles bajos de serotonina. Deben considerarse a su vez las experiencias vitales, el trauma o el contexto social y psicológico”.
A lo anterior se suma un modelo de uso crónico. “En la mayoría de los casos, los psicofármacos actuales necesitan dosis diarias y un uso continuado para mantener su efecto terapéutico y su discontinuación puede suponer reaparición de los síntomas por los que se han estado usando”, explica Dueñas.
España fue pionera en la segunda ola de investigación con psicodélicos. Bouso constituyó uno de los primeros grupos en hacerlo, con un ensayo autorizado por Sanidad en 1999, en el que se quería administrar MDMA para tratar el trauma de mujeres violadas. Sin embargo, el ensayo clínico se acabó cancelando después de su impacto en prensa; y ahora son Australia y Estados Unidos los países que están desarrollando este tipo de investigaciones.
¿Qué riesgos y contraindicaciones tienen los psicodélicos?
Los psicodélicos han mostrado en los ensayos baja toxicidad orgánica y pocos efectos secundarios, o leves y transitorios, según explican los expertos; si bien sus efectos “dependen mucho del contexto de uso, dosis, frecuencia o vulnerabilidad de la persona”, aclara Domínguez.
“En otros entornos, como uso recreativos o retiros con personas no profesionales ni formadas, su administración puede dar lugar a complicaciones por las condiciones en las que se administran”, dice Dueñas.
En otros entornos, como uso recreativos o retiros con personas no profesionales ni formadas, su administración puede dar lugar a complicaciones
Rosa Mª Dueñas
Los psicodélicos clásicos pueden generar experiencias intensas como ansiedad aguda, pánico o desorientación. Según indica Gómez Escolar, esto pueden llegar a precipitar episodios psicóticos o maníacos en personas vulnerables. El MDMA presenta efectos fisiológicos más relevantes, como el aumento de la temperatura, de la tensión arterial o la deshidratación; y un potencial de interacción con otros fármacos, como los antidepresivos.
Los principales criterios de exclusión son las enfermedades cardiovasculares o tener historia de trastorno del espectro psicótico o trastornos graves de personalidad.
¿Qué hay detrás del efecto terapéutico?
El protocolo en los ensayos implica sesiones previas de preparación, un entorno tranquilo y posteriores sesiones de integración de la experiencia. “Un psicodélico sería una herramienta de utilidad en psicoterapia para trabajar con los contenidos mentales”, dice Bouso. “Se trata de facilitar en momentos puntuales un estado mental que permita desbloquear patrones o pensamientos rígidoss”, añade Domínguez.
Vieta explica que también hay otra corriente que considera las alteraciones de conciencia y alucinaciones como un efecto no deseado; así, el efecto terapéutico residiría en los efectos neurobiológicos en el cerebro. Una especie de reset cerebral.
“Estas sustancias aumentan la neuroplasticidad del cerebro y generan nuevas conexiones neuronales que pueden provocar cambios en los patrones y comportamientos, o crear rupturas emocionales que llevan a la persona afectada a afrontar los acontecimientos clave en lugar de evitarlos, dice Dueñas.
¿Qué regulaciones existen?
“En los últimos años se observa un avance progresivo —aunque limitado— hacia la regulación de la investigación clínica con psicodélicos. Algunos países han desarrollado marcos específicos que permiten su estudio en condiciones controladas y, en determinados casos, su uso terapéutico regulado”, dice Domínguez.
Alemania ha aprobado el uso compasivo con psilocibina, que permite el acceso excepcional a adultos con depresión resistente. En la República Checa, el Senado ratificó una ley que autoriza el uso médico de la psilocibina para la depresión, el trastorno de estrés postraumático y los trastornos por uso de sustancias.
Fuera de la Unión Europea, Suiza cuenta desde 2014 con un programa de uso médico limitado que permite a médicos autorizados tratar a pacientes con MDMA, LSD y psilocibina bajo una supervisión estricta, con énfasis en la formación y en el papel de las sociedades científicas. Australia también ha permitido su aplicación clínica en contextos muy delimitados. A esta lista se suman Estados Unidos y Canadá.
Junto a estos avances, han surgido iniciativas políticas y sociales para generar un debate informado. En 2024 se lanzó la Iniciativa Ciudadana Europea PsychedeliCare para abrir una reflexión sobre la regulación de estas terapias y su posible integración en los sistemas públicos de salud. En paralelo, PsychedelicsEurope trabaja para promover un marco regulatorio común que facilite la investigación y el acceso seguro, siempre desde la evidencia científica.
¿Quién puede ofrecer estas terapias?
Al tratarse de medicamentos, solo pueden prescribir estos psicofármacos psiquiatras en los países en los que están autorizados. También hace falta una formación específica que permita acompañar al paciente durante la experiencia e integrarla, siendo esta segunda parte fundamental para la mejora clínica, con una oferta formativa cada vez mayor.
¿Cuál es la situación en España?
La única de estas sustancias aprobada a nivel internacional es la esketamina para la depresión resistente al tratamiento, que en España ya se administra en la sanidad pública, si bien otras están en fase de ensayo clínico como la psilocibina.
La ley que regula los psicodélicos en España es el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas, establecido por la Organización para las Naciones Unidas (ONU) en 1971, que clasifica a los psicodélicos como sustancias sin ningún tipo de interés médico y con un alto potencial de abuso, compartiendo grupo con la heroína. Esta ley fiscaliza los principios activos, pero no las plantas que los contienen.
La Sociedad Española de Medicina Psicodélica (SEMPsi), entidad científica dedicada a impulsar la investigación y la formación, está trabajando por el diseño de políticas públicas basadas en salud y seguridad. En colaboración con la Fundación Inawe, promovió el pasado 13 de febrero una jornada parlamentaria en el Congreso de los Diputados donde investigadores, clínicos, expertos en regulación y pacientes se reunieron para hablar sobre el estado de la cuestión en nuestro país.
¿Están infladas las expectativas?
Los expertos entrevistados coinciden en que hay cierto optimismo, “especialmente en el discurso mediático y comercial”, dice Domínguez. “Las terapias asistidas con psicodélicos no son una panacea, no funcionan para todo el mundo ni sustituyen a otros tratamientos. Son una herramienta potente, pero compleja, costosa y exigente. El reto ahora es bajar el volumen del marketing y subir el del rigor de la evidencia científica”, añade.
En algunos casos, el número de participantes de los ensayos es muy reducido o las evidencias provienen solo de estudios observacionales, explica Dueñas. Por su parte, Vieta señala la necesidad de hacer más hincapié en los efectos a largo plazo, tanto deseados como indeseados. Para él, el mayor riesgo al que se enfrenta la comunidad científica es que, en la práctica, estas sustancias “sean menos eficaces de lo que puede parecer ahora” por los problemas metodológicos a la hora de plantear los ensayos: “Es muy difícil hacer un doble ciego, uno de los estándares para demostrar que un fármaco funciona”.