Proponen el concepto de criticoma para abordar periodos críticos de desarrollo cerebral hasta la juventud

Un artículo publicado en Brain Health propone usar el concepto de criticoma para referirse a la información sensorial, motora, social, cultural y medioambiental registrada desde el embarazo hasta los 25 años, que es el periodo con mayor plasticidad cerebral. Según los autores, este concepto replantea el autismo, la esquizofrenia y la depresión como trastornos del desarrollo en vez de trastornos puramente sinápticos. Además, este enfoque tendría consecuencias para las políticas educativas, la atención sanitaria en salud mental y el uso de pantallas, entre otras cuestiones. 

02/06/2026 - 07:00 CEST
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Juan Lerma

Profesor de investigación del CSIC (Ad-honorem) en el Instituto de Neurociencias CSIC-UMH y miembro de la Real Academia de Ciencias de España

Science Media Centre España

El concepto de criticoma trata de definir cómo el cerebro humano se va construyendo y moldeando a sí mismo a través de la interacción con el mundo en momentos precisos. Esto no es nuevo, ya lo dejó claro Cajal con su famosa frase de “el hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. Efectivamente, durante las etapas de máxima plasticidad (como la infancia, pero no solo, porque la maduración cortical finaliza pasados los 20 años), el cerebro absorbe como una esponja toda la información que se le da y la procesa, grabando físicamente las experiencias en sus circuitos neuronales. La palabra criticoma hace referencia al conjunto de periodos críticos donde la plasticidad neuronal es máxima y, por tanto, el cerebro fácilmente influenciable. Los autores definen diversos fenómenos biológicos, considerados desde estados gestacionales hasta adultos (25 años), para definir el criticoma, que resulta en la conformación de la personalidad individual. Ciertamente, los diversos periodos críticos, que conforman el criticoma, están definidos por mecanismos moleculares y celulares específicos que crean ventanas donde la plasticidad sináptica es óptima. 

Este concepto integrador viene a recordarnos que es importante asumir con sus máximas consecuencias que todo lo que vemos, escuchamos, olemos o sentimos, junto con las emociones que nos provoca, deja una huella en nuestras neuronas y cómo se interconectan. Toda esta información se integra estructuralmente en la arquitectura del cerebro con características no accesibles conscientemente, pero que influyen profundamente en la percepción, la cognición y el comportamiento a lo largo de la vida. Los movimientos, gestos y la forma en que interactuamos físicamente con el entorno quedan grabados como patrones en nuestro sistema nervioso. La forma en que nos relacionamos socialmente, las dinámicas familiares y las jerarquías sociales también definen cómo se cablean nuestras redes neuronales sociales. Lo mismo pasa con la cultura. El idioma que aprendemos, los símbolos y los rituales que observamos se asimilan biológicamente durante ventanas críticas del desarrollo. Finalmente, el entorno o contexto ambiental, desde la arquitectura de nuestra casa hasta la naturaleza que nos rodea y las condiciones socioeconómicas que disfrutamos, actúan como el escenario real que limita o potencia todo nuestro desarrollo. En resumen, el ser humano es una fusión biológica de lo que percibe, cómo se mueve, con quién se relaciona, la cultura en la que crece y el lugar físico donde se vive. 

Y en este contexto, de nuevo el sabio Cajal acertaba cuando decía “el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve”. De ahí la importancia de la educación de los jóvenes, el medioambiente en el que se desenvuelven, etc. porque la experiencia adquirida determina la clase de persona que se llega a ser. 

Aunque el concepto no es enteramente nuevo, los autores proponen que comprender el criticoma abre nuevas vías tanto de diseño social como terapéutico en la salud mental a través de nuevos enfoques como la reapertura de periodos críticos, mediante intervenciones farmacológicas o conductuales para volver a hacer el cerebro moldeable de nuevo y así poder modificar traumas o patrones patológicos arraigados en la infancia. Esta propuesta, la de sanar la mente interviniendo directamente sobre las huellas biológicas que las experiencias tempranas dejaron en el cerebro, es muy interesante y agrupa una serie de indicaciones previas hechas por diversos neurocientíficos. 

Pero también la propuesta de una pedagogía basada en periodos críticos puede servir para diseñar intervenciones educativas adaptadas a los tiempos específicos en que los diferentes sistemas cerebrales son más receptivos al aprendizaje. Por ejemplo, en base a estos periodos críticos, retrasar la enseñanza de segundos idiomas hasta la adolescencia sería contraproducente, porque la exposición a un idioma durante los primeros periodos críticos haría que este se integrara estructuralmente en la arquitectura cerebral de una manera profunda, lo que no se puede replicar en etapas posteriores de la vida. Es de conocimiento general la facilidad de los niños para aprender un segundo idioma frente a la dificultad de hacerlo en etapas adultas, por no hablar del acento. 

Igualmente, la exposición temprana a patrones motores complejos (como el deporte, la música o la danza) durante periodos de alta plasticidad crea los circuitos neuronales base para el virtuosismo futuro. De hecho, es sabido que los atletas y artistas de élite empiezan a entrenar en la infancia no solo para acumular horas de práctica, sino porque la arquitectura cerebral necesaria para el control motor complejo solo puede establecerse de forma óptima durante estas ventanas críticas del desarrollo.

Declara no tener conflicto de interés
ES

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Ignacio Morgado

Catedrático emérito de Psicobiología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y miembro numerario de la Academia de Psicología de España

Science Media Centre España

El artículo es una apuesta teórica que trata de entender la compleja interacción entre genes, ambiente y transcurso del tiempo en el desarrollo de la enfermedad mental y de otras características de naturaleza social como el adoctrinamiento ideológico o el trauma geopolítico crónico. Propone para ello un concepto nuevo, el criticoma, que pretende incluir toda la experiencia adquirida por el sistema nervioso durante los períodos críticos del desarrollo y la plasticidad sináptica abarcando hasta los 25 años, con la intención de generar conocimiento y ventajas terapéuticas, educativas y culturales siempre relacionadas con la salud mental.

No declara conflicto de interés
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Publicaciones
The criticome as the window of becoming: Toward a novel and comprehensive framework for understanding the critical period of information integration in human development
    • Revisión
    • Revisado por pares
    • Humanos
Revista
Brain Health
02/06/2026
Autores

Michel Cuenod et al. 

Tipo de estudio:
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  • Revisado por pares
  • Humanos
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