Miden por primera vez la contaminación por litio debida a la reentrada de un Falcon 9 en la atmósfera
En febrero del 2025, aumentó la concentración de litio de forma súbita alrededor de 96 km sobre el nivel del mar unas 20 horas después de la reentrada en la atmósfera de un lanzador Falcon 9 de SpaceX. Se trata de la primera detección directa de contaminación en la atmósfera alta debida a la reentrada de un vehículo espacial, según un estudio publicado en Communications Earth & Environment. El litio se usa en componentes de naves espaciales, pero solo se encuentra a esas alturas de forma natural en cantidades ínfimas, y su acumulación podría tener consecuencias climáticas.
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Olga Zamora
Astrónoma de soporte en el Instituto de Astrofísica de Canarias
El estudio se basa en mediciones directas con láser desde tierra y en modelos atmosféricos avanzados, por lo que su metodología es sólida y coherente con el estado actual de la ciencia. Encaja con trabajos previos que ya habían detectado metales de reentrada en la estratosfera y advertían del impacto creciente del tráfico espacial, pero aporta una novedad importante: es la primera vez que se observa y se rastrea en tiempo y altura una ‘pluma’ de litio procedente de la reentrada de un Falcon 9, demostrando que la contaminación puede detectarse incluso a unos 100 km de altura.
Como limitación, se trata de un único evento y no permite todavía evaluar el impacto acumulado sobre el clima o la capa de ozono. En la práctica, el estudio es relevante porque muestra que es posible vigilar la huella atmosférica de los satélites y cohetes, y sugiere que, ante el aumento de reentradas, conviene reforzar la monitorización internacional, mejorar los inventarios de materiales utilizados y evaluar de forma preventiva sus posibles efectos ambientales a largo plazo.
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Jorge Hernández Bernal
Investigador en el Laboratoire de Météorologie Dynamique, Sorbonne Université, CNRS (Francia)
El sector espacial se está expandiendo fuertemente en los últimos años y se ha proyectado que su crecimiento podría ser del 9 % anual en la próxima década. En la práctica esto se traduce en que el número de satélites en órbita se ha triplicado en los últimos cinco años y el número de lanzamientos ha pasado de los típicos 100 anuales de antes a los 324 de 2025. Esta realidad y estas proyecciones colisionan con otra realidad que, pese al negacionismo, se impone: la crisis climática, ecológica y de recursos.
Más allá de los impactos propios de cualquier industria, el sector espacial tiene impactos ambientales sobre las capas altas de la atmósfera que no están bien caracterizados. Tanto los cohetes en el ascenso, como la desintegración de satélites y otros objetos como rastros de cohetes liberan cantidades considerables de gases y partículas que permanecen en esas capas altas de la atmósfera durante mucho tiempo antes de caer definitivamente. Estos contaminantes contribuyen al cambio climático, pero también destruyen la capa de ozono y pueden alterar procesos naturales, como la formación de nubes mesosféricas.
En este contexto, este estudio reporta por primera vez la observación directa de contaminantes producidos por la desintegración de basura espacial. Lo que se ha observado es un aumento muy elevado de la concentración de litio a una altura de unos 100 km horas después de la desintegración en la atmósfera de los restos de un cohete. Los autores se centran en el litio porque es especialmente fácil detectarlo, pero lo importante es que esta ‘nube de litio’ debía ir asociada a otros contaminantes producidos en la desintegración.
Lo interesante de esta medida es que abre el camino para hacer más observaciones que ayuden a monitorear la contaminación producida por las desintegraciones en la alta atmósfera. Las medidas fueron hechas desde Alemania en una oportunidad relativamente excepcional, porque normalmente los objetos grandes (más fáciles de observar) se desintegran de forma intencionada y (más o menos) controlada en el océano Pacífico, donde el riesgo de caída de fragmentos sobre zonas pobladas es menor. En este caso, se perdió la capacidad de maniobrar la etapa superior del cohete Falcon 9 y por eso acabó cayendo de forma descontrolada sobre Europa. De hecho, al menos un fragmento acabó cayendo cerca de una zona poblada en Polonia.
Comprender y cuantificar los impactos ambientales de cualquier actividad humana es importante para poder transformar nuestros sistemas socioeconómicos, que son en este momento completamente insostenibles y contrarios al interés general. En este sentido, este nuevo estudio es un avance interesante. No obstante, hay un amplio consenso científico sobre que las transformaciones socioeconómicas que necesitamos pasan por la reducción de la desigualdad y la racionalización del uso de recursos naturales. El sector espacial, al igual que otros sectores, requiere de más cooperación internacional, más multilateralismo, más desarrollo del derecho internacional y menos especuladores y multimillonarios oportunistas. En tiempos de barbarie, necesitamos coraje y políticas valientes. El crecimiento que se proyecta para el sector espacial es claramente insostenible, pero un uso racional del espacio puede traer muchas ventajas para el conjunto de la humanidad y ayudarnos a superar la crisis civilizatoria en la que nos adentramos.
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Jose María Madiedo Gil
Astrofísico en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC)
Este artículo describe la primera detección directa de la contaminación atmosférica producida por la reentrada de basura espacial. El caso ocurrió tras la reentrada no controlada de una etapa superior de un cohete Falcon 9 en febrero de 2025. Aproximadamente 20 horas después del evento, un láser científico (un lidar) ubicado en Alemania detectó una nube de átomos de litio a 96 km de altura, una región de la atmósfera donde normalmente hay cantidades ínfimas de este elemento. De hecho, la concentración observada fue diez veces superior a la habitual.
Los investigadores reconstruyeron la trayectoria de esa masa de aire usando modelos atmosféricos y mediciones de viento. El resultado: coincidía con la ruta del cohete tras recorrer unos 1600 km desde el Atlántico. Además, descartaron que esa masa de aire rica en litio tuviese relación con algún fenómeno natural, como tormentas geomagnéticas o procesos ionosféricos conocidos.
El litio es un elemento clave en esta investigación porque apenas llega a las capas altas de la atmósfera de forma natural desde meteoritos, pero sí está presente en materiales que forman parte de cohetes y satélites artificiales. Y, por tanto, detectarlo funciona como una ‘firma química’ de origen humano.
Este estudio demuestra por primera vez que la desintegración de naves espaciales deja huellas medibles en las capas altas de la atmósfera, que esa desintegración comienza cerca de los 100 km de altura y que podemos rastrear esa contaminación hasta encontrar su origen. Esto tiene gran relevancia, ya que estamos entrando en una era de megaconstelaciones de satélites. Y esto implica que miles de objetos efectuarán su reentrada en la atmósfera cada año, inyectando así metales en capas atmosféricas que influyen en el ozono, los aerosoles y el equilibrio radiativo del planeta. Aún no sabemos el impacto total, pero gracias a este estudio sí sabemos que el fenómeno es real y cuantificable. No obstante, los resultados sugieren que sería recomendable disponer de una red de detectores lidar similares a los utilizados en este trabajo para cuantificar mejor el efecto de este tipo de contaminación en la atmósfera.
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David Galadí-Enríquez
Profesor del departamento de Física de la Universidad de Córdoba
El crecimiento incontrolado de flotas de satélites artificiales en órbita baja implica que todos estos objetos, cuando reentran (y todos lo terminan haciendo), se vaporizan e inyectan en la atmósfera cantidades grandes de metales. Estos metales o bien nunca han estado en la atmósfera (como el litio, objeto del artículo) o bien lo están como consecuencia del flujo natural de meteoros, pero en cantidades muy inferiores a las inducidas por esta actividad humana.
El artículo estima que una sola reentrada como la estudiada en este artículo añade a la atmósfera casi 400 veces el litio que cae de manera natural procedente del espacio en todo un día.
El propio artículo reconoce que la acumulación antropogénica de metales en la alta atmósfera ejerce efectos acumulativos con consecuencias climáticas potencialmente relevantes, y que esclarecer las incertidumbres implicadas requiere observaciones y modelado climático y químico.
El punto relevante está en que todos los estudios necesarios para valorar el impacto climático de las megaconstelaciones se está descargando en la comunidad científica sin aportar recursos adicionales para ello, y en que las empresas contaminantes pueden hacerlo sin que se les exija, hasta ahora, ni el más mínimo esfuerzo relacionado con las consecuencias de sus actividades.
Como en el caso de la contaminación lumínica clásica (causada por el alumbrado en el suelo), las megaconstelaciones de satélites ejercen un impacto sobre la observación astronómica, pero sus consecuencias van más allá. Del mismo modo que la contaminación lumínica clásica tiene efectos sobre los ecosistemas y la salud humana, el crecimiento sin límite de las megaconstelaciones de satélites afecta de manera aún no esclarecidas, via reentradas, al clima global. Además, esta proliferación congestiona la órbita terrestre baja e incrementa los riesgos para su uso al incrementar la probabilidad de colisiones contra objetos activos o inactivos (basura espacial).
- Artículo de investigación
- Revisado por pares
Robin Wing et al.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares